Mi gran reto: La trifecta (Spartan Race)

Nunca he sido un gran amante de las carreras populares, ni de las triatlones, y es que eso de correr simplemente enfrentándome a un cronómetro para intentar acabar un recorrido en el menor tiempo posible siempre me ha parecido aburrido ¿Qué fue del auténtico espíritu olímpico de los primeros juegos griegos en los que se premiaba al deportista que era capaz de superar a sus contrincantes en todas y cada una de las diferentes disciplinas de la pentathlón? Ese es el espíritu de la Spartan Race.

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En cuanto supe de la existencia de esta carrera no me lo pensé dos veces y me apunté a la primera Spartan Race en Madrid: una carrera en la que no solo bastaría con tener resistencia y ser un buen corredor, sino que necesitaría fuerza, agilidad, habilidad, técnica y templanza. Solo siendo un deportista completo podría superarla.

 

Al finalizar esta primera carrera las sensaciones fueron tan buenas que tenía ganas de más, me sentía capaz de cualquier cosa después de haber superado todas aquellas pruebas y obstáculos. Fue entonces cuando decidí cual sería mi siguiente reto: La Trifecta, una medalla especial que sólo consiguen aquellos que hayan finalizado las 3 distancias de la Spartan Race (5 km, 13 km y 20 km). Tras conseguir la primera medalla estaba totalmente decidido a hacerme con esa trifecta, no tenía ni idea lo que me esperaba…

 

Me llamo Alejandro Marcet, soy entrenador personal en Barcelona y esta es mi experiencia en la Spartan Race de Barcelona:

 

Desde que finalicé mi primer Spartan Race en Madrid, estuve entrenando duro para afrontar la carrera de Barcelona con garantías, ya que esta vez no sería un camino de rosas, puesto que para conseguir la trifecta debería superar las modalidades de 20 y 13 km el mismo día (la modalidad de 5 km ya la superé en Madrid). Pero en esta ocasión no estaba solo, cuatro de mis alumnos, motivados también por el atractivo formato de carrera y por mi épica carrera en Madrid, decidieron acompañarme como equipo en la modalidad de 13 km.

 

Al llegar al evento una mezcla de tensión, buen rollo y ganas de empezar se palpaba en el ambiente. La mayoría de los participantes, con aspecto de auténticos espartanos con muchas horas de entrenamiento, calentaban en la zona de pruebas mientras el speaker animaba a concursantes y público asistente con frases heroicas y muy buena música. Yo que no quería ser menos que mis compañeros de batalla realizaba pruebas de ensayo como escalar la cuerda y subir el peso por la polea sin despeinarme. “Voy a pasar todas las pruebas”, me decía, y qué equivocado estaba…

 

 

Antes de empezar, un speaker en la línea de salida nos alentaba con un calentamiento al estilo actividades dirigidas durante la que ya se nos advertía acerca de la dureza de las pruebas y la no vuelta atrás. En el momento del pistoletazo de salida, una explosión de ganas y entusiasmo embriagaba a todos los corredores mientras, a los lados, amigos, familiares y cámaras, fotografiaban ese gran momento.

 

El trayecto de mi primera carrera eran 20 km de montaña; contaba con las subidas, pero no con el tipo de terreno, ¡y es que era extremadamente abrupto! Todo tipo de rocas y troncos dificultaban los apoyos tanto en las subidas como en las bajadas, haciendo incluso difícil correr sin sufrir ninguna lesión. Los primeros obstáculos eran muros de metro y medio, fáciles de superar para los que teníamos fuerza y agilidad. Posteriormente tendríamos que atravesar charcas con agua embarrada (más o menos a la altura de mi cintura), aunque eso no sería ni mucho menos la peor experiencia con el barro que tendríamos que superar.

 

Corriendo hacia el siguiente obstáculo, disfruto del paisaje de las montañas de les Comes, divisando a lo lejos los corredores que iban mas avanzados que yo y superando la siguiente tanda de muros. Pasado este tramo es el momento de llevar a peso un tronco de más de 10 kg y con él realizar un tramo de 100 metros entre los que se incluye pasar por un barrizal. Muchos compañeros resbalan, pero yo consigo superarlo con relativo esfuerzo. Posteriormente debería hacer lo propio con un saco muy pesado, esta vez habría que llevarlo por un terreno muy abrupto en subida y bajada, para lo que debí hacer acopio de gran parte de mis fuerzas para lograrlo. Vista la dificultad del recorrido muchos optamos por disminuir la velocidad y aprovechar a subir el ritmo cuando el trayecto era o bien llano o en bajada.

 

¿Nuestro siguiente obstáculo? unas barras paralelas que debíamos pasar sin tocar con los pies el suelo, únicamente utilizando la fuerza de nuestro tren superior. Una prueba complicada que muchos corredores se vieron obligados a pasar con penalización. La penalización para cada una de las pruebas de la Spartan Race consiste en realizar 30 burpee.

 

Después de realizar las siguientes pruebas en las que tuvimos que desplazar troncos, arrastrar ruedas de camión pesadas y arrastrarnos por barrizales de agua pasando por debajo de troncos y alambre de espino, llegamos al kilómetro 8 de la carrera en la que volvemos a ver la público, quienes nos animan a continuar y eso me da fuerzas para afrontar el siguiente obstáculo: las monkey bar. Se trata de unas barras que debemos pasar usando las manos, agarrándonos de barra a barra sin caer. El obstáculo no resulta tan sencillo, pues las barras resbalan y muchos concursantes deben realizar la penalización al caer al suelo. ¿En mi caso?, la consigo pasar, aunque he de confesar un resbalón al apoyar el pie en la barra final justo en el momento de finalizar la prueba.

 

La siguiente prueba es una de las más emblemáticas de la Spartan Race: el lanzamiento de una lanza. Fue la única prueba que fallé en Madrid y tenía esa espinita clavada, así que me armé de valor y comprobé que la práctica desde entonces tenía sus frutos. Conseguí clavar la lanza. En la prueba debemos coger una lanza y clavarla desde la distancia en un muñeco de paja. Me tomo mi tiempo, busco el centro de gravedad de la lanza y la agarro bien, armo el brazo, apunto algo hacia arriba y lanzo con todas mis fuerzas clavándola justo en el centro del muñeco. El público premia mi brillante lanzamiento con un caluroso aplauso que me da energías para enfrentarme al infierno de cuestas que me esperaba.

 

Tras pasar por un largo trayecto de alambre de espino y barro, en el que agradezco haber traído coderas, llego al segundo avituallamiento de la carrera en el que disfruto, junto a muchos compañeros de carrera, de toda el agua que necesito para continuar. A la distancia, diviso el siguiente de los obstáculos y me imagino cómo iba a superarlo. Se trata de subir un saco con una cuerda por una polea (un ejercicio que pude practicar antes del inicio de la carrera). Al llegar al objeto y ver la cantidad de concursantes realizando la penalización me di cuenta de que aquello no sería tarea fácil. Me doy cuenta en el momento que agarro la cuerda y esta resbala de mis manos como si intentara coger mantequilla. De nuevo el barro de los corredores anteriores había dejado la cuerda impracticable y es aquí cuando he de cumplir mi primera penalización.

 

Mientras muchos pasan por los troncos de equilibrio a gatas, y con muchas dificultades, yo los supero caminando con velocidad sin problemas y sigo así adelante resistiendo kilómetros de cuestas y demoledoras bajadas causantes de rampas y lesiones en algunos de los corredores que seguía adelante. Es en este momento que decido parar y beber agua de mi propia botella, acabando con mis existencias.

 

El ambiente durante la carrera es muy agradable y durante el transcurso de la misma conozco a varios corredores que según me cuentan han llegado de otros puntos de España, algunos incluso de otros países. A algunos de ellos les ayudo a estirar los músculos cuando empiezan a aparecer los síntomas de las primeras rampas y otros, sin conocerme, me tienden la mano cuando me es difícil subir alguna cuesta; me animan cuando me ven sin fuerzas y aunque casi todos se quejan de la extrema dureza del recorrido es impresionante el espíritu de superación y solidaridad que se percibe.

 

Agotado diviso por fin la meta, aunque para llegar deberé superar los últimos obstáculos. El primero de ellos otro de los más emblemáticos: la cuerda. Es aquí donde el barro y el agua vuelven a hacerme una mala jugada y me veo obligado a realizar una nueva penalización debido a la imposibilidad de agarrar la cuerda con garantías. Pasado un nuevo tramo de barrizal y una pirámide en red, supero con relativa dificultad un muro de 2 metros y un muro inclinado con la ayuda de una cuerda en el que veo caer a varios corredores, sigo corriendo y salto por encima del fuego llegando por fin a la meta donde me entregan la primera medalla: La Beast de 20 km.

Me encuentro muy cansado y sin fuerza, pero mi aventura no acaba aquí, pues si quiero conseguir mi trifecta debo acabar la Spartan Súper de 13 km y mis alumnos me esperan para hacerla. Dentro del equipo está uno de mis alumnos con una visión muy limitada, ya que su visión es menos de un 15% ¡No puedo fallarle! Me cambio de ropa y de calzado, como algo y me preparo.

 

Con las fuerzas muy mermadas les doy a mis alumnos los últimos consejos y cuando el Speaker da la orden salimos por detrás de toda la bandada de espartanos. Dentro del equipo de alumnos que me acompañan lo forman 2 chicas, con mucha resistencia pero no tanta fuerza, y 2 chicos, uno con un problema de visión como ya he comentado pero con muy buena preparación física tanto en fuerza como resistencia, y otro chico con poca forma física pero con mucha capacidad de superación. Todos se habían esforzado mucho para llegar a este día en condiciones. Así que ¡adelante!

 

Al llegar a la primera subida paramos de correr para empezar a caminar, debido a que uno de mis alumnos no aguanta mucho corriendo y otro de ellos al tener la visión reducida debe ir con cuidado en los terrenos abruptos. Pasamos por la primera charca de agua sin problemas y corremos hasta llegar a los primeros muros que superamos ayudando a las chicas a saltarlos. Seguimos corriendo hasta el siguiente obstáculo dónde todos llevamos los troncos al hombro pasando, los barrizales con dificultades, pero lo superamos.

 

Corriendo hasta el siguiente obstáculo vamos haciendo paradas para caminar, ya que uno de mis alumnos empieza a sufrir la exigencia de la carrera. Conseguimos con dificultades llevar los sacos por el recorrido y corremos a superar las barras paralelas. Las consigo paso utilizando las manos sin tocar los pies al suelo, como hice en la primera carrera, a mis alumnos les cuesta más, una de ellas se cae, pero se rehace y logra acabarla sin realizar penalizaciones como todos mis alumnos.

 

Seguimos la carrera. Pasamos por debajo del alambre de espino sin problemas pero una de mis alumnas se encuentra con un duro obstáculo: el miedo. Teníamos que pasar un tronco por debajo del agua, por lo que le tiendo la mano desde el otro lado y la ayudo a pasar, seguimos adelante. Llegamos a las monkey bar, aunque siguen siendo barras resbaladizas las consigo pasar de nuevo sin problemas, pero ninguno de mis alumnos lo consigue y deben realizar su primera penalización, obtengo un merecido descanso. Mientras nos desplazamos al obstáculo del lanzamiento otra dificultad nos pone la carrera más cuesta arriba: la falta de luz. El sol va desapareciendo por lo que uno de mis alumnos prácticamente va a ciegas, algo difícil en la prueba de lanzamiento. Repito el mismo ritual que en la primera carrera y clavo la lanza con autoridad, no tienen tanta suerte mis dos alumnas que fallan el lanzamiento y realizan su segunda penalización, es turno para el lanzamiento a ciegas. Coloco a mi alumno y le recuerdo la técnica y lo oriento hacia el blanco que no ve, aunque falla el primer lanzamiento consigo que le dejen lanzar por segunda vez y lo consigue.

 

Después de refrescarnos es otro avituallamiento pasamos por el alambre de espino y nos enfrentamos a una de las pruebas que fallé en la primera carrera: la polea. A diferencia de la primera carrera esta vez las cuerdas estaban algo más secas, decido hacer una técnica diferente en la que me cuelgo de la cuerda dando saltos cada vez que subo el saco y funciona, paso la prueba junto a mis alumnos, que me dejan sorprendido superándola todos ellos.

 

El cansancio empieza a hacer mella en todos nosotros y conseguimos arrastrar las ruedas de ida y vuelta todos aunque tardamos bastante debido al cansancio, al llegar a esta prueba nos encontramos con una corredora lesionada que parece haber sufrido un esguince de tobillo, la animamos a seguir y continuamos todos juntos, pasamos por una prueba de equilibrio sin problemas pero con la dificultad de la ceguera de uno de mis alumnos que me hace no separarme de él para asegurarme que supere todas las pruebas.

 

Seguimos adelante y llegamos a la temida cuerda, muy pocos consiguieron subirla a lo largo del día debido a que estaba extremadamente resbaladiza. Todos mis alumnos se retiran y hacen las penalizaciones, solo una consigue subir hasta más de la mitad de la cuerda, pero acaba sucumbiendo bajo los aplausos del público. Me dispongo a saltar para agarrar la cuerda por la parte más alta, ya que suponía que no estaría tan resbaladiza, y así es, consigo subirla pero cuando llego arriba y a solo manos de tocar la campana los dos últimos agarres se presentan más resbaladizos y las fuerzas me abandonan cayendo al agua embarrada bajo una nube de aplausos y ánimos por parte de los espectadores, muy pocos llegaron tan lejos.

 

Mis alumnas siguen adelante y yo voy con mis otros dos alumnos a un paso más lento, superamos con cuidado los últimos obstáculos y llegamos al muro inclinado tras ayudar a uno de mis alumnos a pasar el muro de dos metros. A ciegas mi alumnos trepa por la cuerda y logra subir sin ayuda, lo mismo hago yo, pero no tuvo la misma suerte mi otro alumno que no lo logra ni con mi ayuda. Después de realizar la correspondiente penalización conseguimos saltar juntos por encima del fuego y llegar a la meta.

 

Tras la entrega de mi merecida medalla azul conseguí, por fin, mi ansiada trifecta. Era el turno de las fotos con mis alumnos y amigos, luciendo orgullosos nuestras respectivas medallas, en mi caso, parecía un general altamente galardonado con todas mis medallas que lucía orgulloso a pesar de estar exhausto. Hoy al mirar mi trifecta recuerdo la gran experiencia que viví en Barcelona, y en ella veo el reflejo de todos aquellos que me tendieron la mano, aplaudieron y animaron sin conocerme, y a mis alumnos rebosantes de alegría por la gesta que habían conseguido, un gran reto que todos juntos habíamos superado.

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